7 de noviembre de 2015
La marcha de los campesinos. Los suburbios urbanos, los mendicantes
Como comenté en el último artículo las ciudades alcanzaban en el siglo XIII cotas máximas del crecimiento en que estaban desarrollándose. De hecho este crecimiento iba asociado a un crecimiento material que no decaería hasta entrado el siglo XIV (caída relacionada con la proliferación epidémica), y que venía dándose desde el año 1000. Hasta la revolución industrial del siglo XVIII no se vería auge de tal calibre.
La vida en el campo, por otra parte, no daba para el sustento de todos los integrantes de las familias y muchos, entonces, iban partiendo para las ciudades. En los núcleos urbanos encontraban trabajos ocasionales, como ayudantes y mano de obra en los gremios artesanales y comerciales que se desarrollaban, pero básicamente no había trabajo para muchos de ellos. Una inmensa masa de gente venida del campo (y de la miseria urbana también) pasaba a establecerse en los suburbios y burgos que se desarrollaban en los límites de las ciudades. No tenemos muchos datos históricos de la vida cotidiana en estos suburbios, que principalmente conformaban núcleos de chabolismo de los que los ocho siglos por venir borrarían toda huella rastreable. Así explica Georges Duby esta experiencia del partir que se vivía entre los habitantes del campo [Duby, Georges.- Año 1000, año 2000. La huella de nuestros miedos, p.43-44. Ed. Andrés Bello]:
«Había demasiados hombres y mujeres de más de quince o veinte años en la explotación familiar. Debían marcharse a la aventura, y dos eran las aventuras posibles para los campesinos. La primera, ir a desbrozar tierras. La superficie agrícola era muy extensa. En el año mil, los alrededores de París estaban cubiertos de bosques. El gran bosque de Yvelines iba desde el de Boulogne a Rambouillet. Poco a poco los desbrozadores lo agujerearon y destrozaron con los útiles de que disponían. El padre donaba un viejo arado, uno de esos de reja de madera endurecida al fuego. Empezaban talando los árboles; después extirpaban las raíces, las quemaban, y finalmente cultivaban el campo y se construían una casa propia. Así se pobló Europa. También hubo migraciones a gran distancia. Hubo flamencos, por ejemplo, que partieron a colonizar Polonia. Todo estaba organizado por empresarios que reclutaban trabajadores y los transportaban después de conseguir de un príncipe eslavo la concesión de un terreno virgen donde crear una nueva aldea. La otra aventura era marchar a la ciudad, donde el artesanado se desarrollaba gracias a la mejoría general del nivel de vida. Trabajaba la lana, la madera, fabricaba telas de calidad y belleza crecientes, que se teñían. Se creaban empleos en casa de los tejedores, de tintoreros, curtidores, de carpinteros, de trabajadores del vidrio, de albañiles. Pero no había trabajo para todo el mundo. Los recién llegados lograban que algunos días los contrataran en la gran plaza cuando hacía falta mano de obra o alguien que ayudara a descargar. Si no, la miseria. Y después la vejez, la enfermedad.»
Sabido es que las órdenes mendicantes nacidas con el siglo (franciscanos y dominicos), caracterizadas por su amor cristiano a la pobreza, que supuso un vuelco sustancial en materia de cristianismo (que hasta la fecha permanecía en lo ritual, ceremonial), y bajo el influjo del padre del franciscanismo, Francisco de Asís, el que besaba a los leprosos (lepra que sería enfermedad del siglo: tema que traté en un texto anterior: "La cuestión de la lepra"), al haber llevado su predicar y mendigar a las ciudades, fuera del ambiente apartado y preparado para la vida contemplativa de los monasterios, gustaban de vivir en estos suburbios, buscando la fusión con la pobreza. Así, para los pobres, se construirían en estos tiempos «Hoteles de Dios».
Había en la Edad Media una solidaridad que limitaba el sentimiento de exclusión de los habitantes de la cristiandad occidental: se ayudaba. Esto se hacía patente en este movimiento eclesiástico urbano que venimos comentando que caracteriza al siglo XIII. También los monjes se hacían partícipes de la solidaridad de la ciudadanía general pues, como he comentado, eran mendicantes, aunque también realizasen trabajos ocasionales en la ciudad para conseguir su propio sustento y el de aquéllos hacia los que tendían su mano generosa.
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