22 de diciembre de 2015
Los stadinghianos
Mucho se ha escrito sobre la herejía cátara, que tuvo su plenitud y conclusión trágica en la primera mitad del siglo XIII. Sabido es que los partidarios de esta tendencia filosófica-religiosa que llegó a tener un carácter muy popular en regiones como la zona meridional de Francia (Languedoc) sufrirían una de las cruzadas que dirigiría el Papa contra los enemigos de la Iglesia católica; en este caso no se trataba del expansionismo territorial de las otras cruzadas, sino de un enemigo interno. Apuntar que el siglo XIII es el siglo del declive de las cruzadas, en el cual, a partir de la cruzada en que se produce la conquista y saqueo radical de Constantinopla al comenzar el siglo, se irá exhibiendo el componente político-económico de éstas, que arduamente tendría que convivir con el discurso en pro del bien religioso, divino, que en principio las había motivado en los siglos precedentes, en su conflicto ante el infiel. Así pues el catarismo sería perseguido como herejía entonces y drástica y globalmente reducido, aniquilado. Corrían las décadas en las que iba a nacer esa institución castigadora, policial, la Inquisición, que por siglos generaría un aire de terror en la vida de Occidente.
Sobre esta herejía se ha escrito y se escribe mucho: ya hace décadas que está de moda. Decir que cuando me planteo hacer una novela ambientada en el siglo XIII no estoy pensando principalmente en esta relevante herejía, aunque ciertamente la voy estudiando y me voy haciendo una idea de su lugar en el siglo. Pero los dos factores principales que me mueven conceptualmente a este siglo son: 1) Aspectos de teoría y práctica contemplativa: para lo cual encuentro una temática desarrollada por el franciscanismo (Francisco de Asís y San Buenaventura entre otros) y la escolástica del dominico Santo Tomás, también entre otros. Por lo cual me da por pensar que me puede interesar situar la novela en la segunda mitad del siglo, en la madurez de Tomás y Buenaventura, con lo cual la cuestión del catarismo, ya finiquitada en su importancia entonces, perdería su razón de ser, de desarrollo. Pienso que todo esto es muy relativo y matizable (puede oscilar, los límites temporales variar), sólo lo apunto como principio directriz de lo que iré estudiando en este blog (en vistas a la realización de la posible futura novela). 2) El segundo punto que me lleva a esta época, o que deseo desarrollar como complemento al primer punto nuclear, es un elemento que evidentemente no destaca únicamente ni principalmente en el siglo XIII, pero que seguramente será fecundo en tratamiento: me refiero al ámbito ocultista y demonológico. Me interesa la cuestión del mal y creo que en el estudio de la brujería, magia y desmarques diversos respecto a la ortodoxia católica podemos encontrar un amplio campo de acción, de ideas.
Voy a presentar a continuación brevemente, pues no han sido muchos los datos que hasta la fecha he podido hallar, otra herejía del siglo, no de la relevancia política alcanzada por el catarismo, mucho más minoritaria, y también más extrema, mucho más oscura en su concepción demonológica. No obstante debemos tener presente que la antiquísima doctrina dualista, claramente manifestada en el pensamiento del catarismo, «ha influido también no poco en la de los supuestos o reales adoradores del Demonio a los que llamamos brujos y brujas de modo genérico» [Caro Baroja, Julio.- Las brujas y su mundo, p.108. Ed.Del Prado Col.Alianza. 1993]. Así pues, la herejía que paso a presentar es la de los stadingher o stadinghianos (o stedinger).
La primera noticia de este movimiento la encuentro en la obra de Caro Baroja que acabo de citar [Op.cit., p.104]:
«Los naturales de una región fértil de Oldenburgo, llamada Stedingerland, estaban obligados a pagar ciertos diezmos al arzobispo de Brema por una donación que había hecho Enrique IV. En 1197, algunos clérigos que fueron a recaudarlos salieron maltrechos de su empresa. El arzobispo, en consecuencia, excomulgó a los stedinger, declarándolos heréticos. Éstos no hicieron caso de la condena y entonces el arzobispo pidió a Roma autorización para levantar una cruzada contra los mismos. Luego parece que hubo un acuerdo provisional. Pero treinta años después del alboroto volvió a estallar un conflicto entre el prelado y sus feligreses rebeldes.Escribió aquél al Papa, que lo era Gregorio IX, pidiéndole apoyo y autorización para proclamar la cruzada. El Papa, en una bula fechada en 1232, dio orden a los obispos de Lubeck, Minden y Ratzeburg para que la predicaran. En la bula acusaba a los stedinger de despreciar los sacramentos, perseguir a los religiosos, tener comercio con el demonio, hacer imágenes de cera y consultar a las hechiceras. Una segunda bula, dirigida a los obispos de Paderborn, Hildesheim, Verden, Munster y Osnabruck es mucho más explícita en la descripción de sus crímenes.»
A continuación transcribimos siguiendo al autor, que cita del texto de Soldan Geschichte der Hexenprozesse, unos pasajes de esta segunda bula:
«Cuando se recibe a un novicio y se le introduce por vez primera en la asamblea de los réprobos, se le aparece una especie de rana; otros dicen que un sapo. Danle algunos un innoble beso en el trasero, otros en la boca, chupando con la suya la lengua y babas del animal. Unas veces este sapo aparece en su tamaño natural, otras del tamaño de un ganso o de un pato. Corrientemente es del tamaño de la boca de un horno. Avanzando el novicio llega hasta un hombre de prodigiosa palidez, de ojos negros, con el cuerpo tan delgado y extenuado que parece que las carnes todas le faltan y que no tiene más que la piel y los huesos. Bésale el novicio y nota que está frío como el hielo. Luego de que le ha besado, todo recuerdo de la fe católica desaparece de su corazón. A continuación se sientan todos para hacer banquete y cuando se levantan después de concluido, sale de una especie de estatua que se alza de ordinario en el lugar de estas reuniones un gato negro, del tamaño de un perro mediano de proporciones, que hace su entrada andando hacia atrás y con la cola en alto. El novicio, siempre en primer lugar, le besa en el trasero, después el director y después los demás, cada uno en su turno: pero sólo aquellos que lo han merecido. En cuanto a los otros, es decir, los que no han sido considerados dignos de este favor, les da paz el director mismo. Cuando vuelven a su sitio quedan en silencio durante unos instantes con la cabeza vuelta hacia el gato. Luego el director dice: -Perdónanos-. Después repite lo mismo el que está tras él y el que queda en tercer lugar añade: -Lo sabemos, señor-. A lo que un cuarto pone término diciendo: -Hemos de obedecer-. Terminada semejante ceremonia apagan las luces y se abandonan a la lubricidad más abominable, sin consideración al parentesco. Si hay más hombres que mujeres los hombres satisfacen entre ellos su depravado apetito. Las mujeres entre sí hacen lo mismo. Verificados estos horrores se encienden de nuevo las candelas y todo el mundo se encuentra en su sitio. Después, de un rincón oscuro, sale un hombre, cuyo cuerpo por la parte superior, desde las caderas, es brillante y resplandeciente como el sol, pero que por la inferior es áspero y peludo como el de un gato. El director corta un trozo de las vestiduras del novicio y le dice al resplandeciente personaje: -Amo, este se me ha dado: a mi vez te lo doy-. A lo que responde el otro: -Bien me has servido, mejor me servirás aún, lo que me has dado póngolo bajo tu custodia-. Y desaparece inmediatamente después de haber dicho estas palabras. Todos los años en Pascua, reciben el cuerpo del Señor de mano del sacerdote, lo llevan en sus ropas y lo arrojan entre las inmundicias, en ultraje del Salvador. Además, estos hombres, los más miserables entre los miserables, blasfeman contra el Soberano del Cielo y en su locura dicen que el Señor de los cielos ha obrado como malvado, precipitando a Lucifer en el abismo. Los desgraciados creen en éste último y afirman que él es creador de los cuerpos celestes, y que más adelante, después de la caída del Señor, volverá a su gloria. Por él y con él, no antes, esperan llegar a la felicidad eterna. Confiesan que no hay que hacer lo que a Dios le place, sino lo que le es desagradable...» (Op.cit., p.105-106)
Frederik Koning nos dice en su obra Incubos y sucubos. El diablo y el sexo que «los standinghianos penetran más tarde, en el siglo XIII, en la Historia, pero probablemente su herejía estuvo basada en antiquísimas formas religiosas germánicas, que recibieron, por su contacto con los euquetes, un estímulo que para el propio Satán supondría más de lo deseado.» [Koning, Frederik.- Incubos y sucubos. El diablo y el sexo, p.106. Ed. Plaza & Janes. 1977] De la conclusión citada de esta segunda bula encontramos una breve ampliación en la originaria primera bula de Gregorio IX (1232-1233), siguiendo a Koning [Op.cit., p.106-107]. Dice: «Por último, esos blasfemos, en su delirio, se atreven a asegurar que el dueño de los cielos, mediante violencia, con ardides y contra toda justicia precipitó a Lucifer en las regiones infernales.» Por lo que he visto, los pasajes de las dos bulas que nos llegan en estas obras citadas se repiten en la temática desarrollada. Un fragmento de la segunda bula transcrito por Koning [Op.cit., p.107] es una descripción sintética que ampliará los datos aportados por Caro Baroja. Dice así:
«Recientemente, ha llegado a nuestros oídos, no sin gran dolor, que en algunas partes de Alemania Superior, así como en las provincias, ciudades, tierras, localidades y diócesis de Maguncia, Colonia,Tréveris, Salzburgo y Brema, muchas personas de los dos sexos, olvidadizas de su salvación, desviándose de la fe católica, se entregan a excesos con los demonios íncubos y súcubos; que por sus encantamientos, hechizos, conjuras y otras supersticiones sacrilegas, por sus crímenes y sus faltas, perecen y mueren los alumbramientos de las mujeres, los productos de los rebaños, las cosechas, las uvas de las viñas, los frutos de los árboles, los hombres, las mujeres, los rebaños, el ganado, las diversas especies de animales, las viñas, los prados, los vergeles, los pastos, los trigos y otras producciones del suelo. Los mismos hombres, las mujeres, las bestias de carga, los rebaños y los otros animales son afectados y torturados por males tanto internos como externos; los hombres no pueden engendrar; las mujeres, concebir; los maridos ejercer frente a sus mujeres los actos conyugales, y las mujeres tampoco frente a sus maridos. La propia fe que recibieron en el santo Bautismo, la niegan con boca sacrilega. No temen cometer, por instigación del enemigo del género humano, los crímenes más odiosos y otros excesos y villanías, con peligro de sus almas, con desprecio de la majestad divina y para escándalo de la multitud...»
La última referencia que he encontrado a esta secta o herejía de los stadinghianos es del Dictionnaire universel françois et latin, vulgairement appellé dictionnaire de trevoux. Tome cinquiéme [versión digitalizada on-line]. Lo que sigue es mi traducción del francés de la entrada stadingue:
STADINGUE. Nombre de pueblo. Stadingus. Los stadinghianos habitaban en los confines de Frife y de Saxe (Sajonia), en lugares rodeados de ríos y pantanos intransitables.
Nombre de secta. Stadingus. El pueblo stadinghiano del que hemos hablado, habiendo sido excomulgado durante varios años por sus crímenes, y entre otros, por rechazar pagar los diezmos, por sublevación de fe, y por manifestar abiertamente su desprecio por la autoridad de la Iglesia. Una revuelta, a la que añadir un montón de abominaciones y de impiedad. Alberto, quien fuera elegido abad de Stade en la Baja Sajonia el año 1232, dijo que despreciaban la doctrina de la Iglesia, que consultaban a demonios y magos y hacían figuras de cera. Gregorio IX desciende a un mayor detalle en una carta al arzobispo de Maguncia, al obispo de Hildesheim y al doctor Conrad de Marpurgo. [Siguen las descripciones de la primera bula (13 de junio de 1233) ya citada.] Todo esto [lo descrito en la bula] connota que eran verdaderos maniqueos. Pues eran valientes, se lanzaron sobre los pueblos y los Señores de los alrededores, venciéndolos con frecuencia; y siendo fuertes en sus pantanos, se fueron extendiendo. Se produjo entonces una cruzada para exterminarlos; corría el año 1233. Los cruzados marcharon contra ellos, teniendo a su mando a Gerardo II, al arzobispo de Bremen, al duque Enrique de Bravante, y a Florencio conde de Holanda. Los standinghianos fueron vencidos, a pesar de su furor, el 24 de junio. Seis mil fueron aniquilados, el resto pidió la absolución papal, que les fue dada.
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