3 de septiembre de 2014

El flautista de Hamelín

"Las ratas devastan los trigos; gran escasez."
Anales de Basilea, 1271.

La leyenda del flautista, basada en unos hechos acontecidos en la poblacion alemana de Hamelín en 1284, cuando de la noche a la mañana desaparecieron una cantidad considerable de niños, siempre me ha parecido interesante, más que nada porque da que pensar, o eso pienso yo.
Hay diversos puntos de interés que, en una sencilla secuencia argumental, se van desarrollando. Primeramente, un hombre con su flauta o caramillo se muestra como la solución ante los males de los que Hamelín es objeto: una plaga de ratas. Por aquellos tiempos eran relativamente frecuentes las apariciones masivas en las poblaciones de ratas o insectos como langostas, que acababan con las cosechas de las que básicamente se nutría la economía subsistente del mundo medieval: como consecuencia, el hambre, la quiebra del equilibrio de subsistencia, siempre pendiente de un hilo en la época. En definitiva, el mal personificado en la figura de los pequeños roedores.
Y a este mal se venía a oponer un bien -la solución-: una flauta. Y también me parece significativo que sea una flauta lo que encarne a este bien y no, por ejemplo, una manguera. Porque, ¿qué son los sonidos de la flauta? Evidentemente se trata del arte musical, un goce sensual que arrastra a esa masa de ratas como por hipnosis. Las ratas no atienden, con seguridad, a la música, y en todo caso no se dejan llevar por ella, pero aquí están encarnando el mal que acecha a los ciudadanos, y a ese mal simbolizado y absoluto es al que trata de vencer el flautista, el arte sensual de la música; por extensión diremos que los placeres -o los goces sensuales- disipan el mal, acaban con él llevándoselo a su final en el río.
Pero entonces el flautista es traicionado por los poderes políticos de la población -el alcalde y su Consejo-, que no le retribuyen lo que, por su obra, pedía. Parece que encontramos aquí la cuestión de lo que pide a la especie humana, a la civilización, ese arte que se ha llevado los males. Lo que pide no parece ser mas que "un buen uso (de él)": recordemos que el artista ha sido traicionado, y podríamos decir que estúpidamente, por la ambición o avaricia de los gobernantes. Es entonces cuando un bien -lo que erradica un mal (y hablamos en términos absolutos, característicos de la mentalidad del siglo XIII, y, por extensión, de la Edad Media en su conjunto)- se torna él mismo en un mal, por propia decisión (la venganza en el flautista): más les valdrá ahora a nuestros queridos humanos atarse, como Ulises, a un mástil, para no seguir el destino de las melodías surgidas de la flauta, flauta que es ahora -aunque no visiblemente- diabólica (una inocente y bondadosa apariencia es sabida artimaña del Diablo, o así se presenta al medievo): la realidad se verá con los tristes hechos: unos niños llevados a su perdición, una perdición bien real.
¿Y qué es lo que ha tornado en mal el bien de la flauta? ¿Qué es lo que nos ha llevado a alejarnos de su "buen uso"? Yo voy a sugerir aquí la continuación, lo que me evoca la leyenda, donde simplemente se ha visto dirigido mi pensamiento por años. Lo único que sugiero a modo de hipótesis es que lo que se introduce aquí, apartándonos del buen uso del bien encarnado por el flautista, es nuestro exceso, una desmesura (la "hybris" griega) que desfigura los limites de lo bueno, que hace que se desborde como una fuga de agua, vaciando el recipiente, transfigurando su fluidez clara y transparente en el opaco mal. Encontramos aquí el principio del alquimista Paracelso -"sólo la dosis hace el veneno", y: "todo es venenoso". En este sentido me gusta encontrar en la Leyenda del flautista una alegoría del equilibrio, de la mesura, como cuando era más joven podía ver -y puedo ver todavía- una alegoría del consumo de drogas. Y en este caso, como en el de los males potenciales inherentes a los aparentemente bondadosos progresos de la tecnología, ya no estamos tratando sólo de una historia narrada según una óptica exclusivamente afín a lo medieval.
De ahí también la pregunta: ¿están nuestras cabezas -el Consejo de gobernantes- preparadas para las soluciones que se les presentan o sólo pueden hacer eso, traicionar, traicionándose a sí mismas?

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