En el siglo XIII la lepra era la enfermedad de enfermedades, en el seno del Occidente cristiano. Una enfermedad que habían conocido las más diversas culturas desde antiguo -tenemos descripciones médicas de los chinos, de los hindúes, de los egipcios- alcanza en el siglo XIII cotas de carácter epidémico. Miles de leproserías se alzaban aquí y allá, dibujando la cotidianeidad de los territorios europeos. En ellas se había emplazado a vivir, al margen de la sociedad y ya como "muertos en vida", a los enfermos de lepra: a los leprosos se les suprimían los derechos civiles y se les imponía un estricto código de conducta que no hacia sino dar cuerpo a la exclusión social de la que eran sujetos. Desde tiempo inmemorial se había asociado la lepra al pecado, la enfermedad corporal a la impureza de espíritu, que iban de la mano expresando el castigo al que Dios había sometido al enfermo: llagas, heridas, malformaciones eran signos, señales de un destino que el enfermo habría merecido.
"Quiero, queda limpio", había dicho Jesucristo al leproso Lázaro. Y la sanación cristiana consiste en esta curación. Adquiere con ello la cuestión en torno de la lepra un nuevo panorama, un nuevo entramado de constelaciones simbólicas. La lepra no es entonces el resultado o expresión de un pecado particular del individuo afectado -y socialmente negado y excluido- sino el símbolo de la impureza que todo buen cristiano deberá tratar de sanar, en sí y junto a los que lo rodean. Esto da lugar al trato con la lepra, con el leproso, como manifestación divina, sagrada, por así decirlo, en la que a través de la misericordia, está llevándose a cabo un proceso curativo, sanador de los que en esa comunidad se integran. Es el acercamiento al leproso como vía para la cura de la lepra, la impureza localizada en el interior del buen cristiano, que deberá encontrar en el contacto misericordioso el trampolín para su propia curación: podemos decir que el leproso, entonces, está en el espejo; y para llegar a la propia sanación se ha de habitar la enfermedad del leproso, como quien para alcanzar la luz atraviesa el fuego. Esa fue la respuesta de un San Francisco de Asís y de los seguidores de la regla de su Orden de los hermanos menores. San Francisco no construía leproserías, sino que convivía con el leproso hasta besar sus llagas, hasta limpiar y curar sus heridas. Su devoción por los leprosos, el trato dispensado hacia sus personas, era un acto de humildad (por eso eran hermanos Menores), de respeto por la dignidad de la pobreza y de la indigencia. Los tesoros - y San Francisco siempre trata de seguir a Cristo- están en el respeto, la dignidad, el gozo y la misericordia, como puertas al reino de los Cielos. Así tenemos a San Francisco y los suyos construyendo una choza al lado de la leprosería, ese lugar en el que, al margen, quedaba el leproso, exiliado en su tierra, desposeído por ley, excluido por principio: Francisco tiende su mano a aquél a quien, más allá del maquillaje corporal, ha reconocido: no se trata sino del reconocimiento de la dignidad en el espejo.
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