3 de septiembre de 2014

La cruzada de los niños

Los hijos y los nietos de quienes vivían a comienzos de siglo recogen una historia acaecida en 1212, tras la Cuarta cruzada, en la que una multitud de niños hacen su cruzada particular: es la llamada cruzada de los niños.
Según estas fuentes -entre las que se encuentran el filósofo Roger Bacon o el historiador y monje benedictino inglés Matthew Paris- estaríamos hablando de una secuencia de hechos iniciada en la visión coincidente en el tiempo que experimentan un niño francés y  uno alemán.
El niño francés habría sido visitado por Jesucristo, quien le da la misión de escribir unas cartas al rey de Francia tratando de persuadirle de dirigir una nueva cruzada para tratar de recuperar Jerusalén. Tras hacer el rey caso omiso de las cartas, el niño vuelve a ser visitado por Jesucristo quien, en esta ocasión, le insta a que sea el mismo quien dirija la cruzada sobre Jerusalén, y que lleve con el niños, pues es la pureza y bondad de sus almas la que hará que la ciudad caiga del lado cristiano. El niño alemán, aunque recluta a un numero menor de cruzados que el niño francés, ha asumido la misma misión encomendada por Cristo.
Decenas de miles de niños marchan, pues, hacia Niza. Por el camino la mitad desierta, la otra mitad muere de hambre. Llegan a la costa dos mil niños, junto a doscientos adultos; y, una vez ahí llega el tiempo (dos semanas) de orar para que se separen las aguas del mar, como si de Moisés se tratara, pues esta era la manera de proceder que habían recibido los niños en sus respectivas visiones.
Cuenta la historia que nada sucede entretanto; y dos mercaderes les ofrecen siete barcos que zarparán rumbo a Tierra Santa, hundiéndose dos de ellos  a la altura de Cerdeña; el resto van a parar a la ciudad egipcia de Alejandría, donde los dos mil niños son vendidos como esclavos por los mercaderes, dándose fin así a su cruzada.
Pero si nos remitimos a las fuentes contemporáneas -no a hijos o nietos- a este presunto suceso vemos que los participantes en la visita al rey de Francia -que, ante la negativa, en su mayoría regresaron por donde venían (y no se encuentran testimonios de expedición alguna a Jerusalén)- eran denominados en las crónicas como "pueri" (del latín "chicos", "niños") que era como a modo de eufemismo se llamaba a los grupos de vagabundos, gentes desplazadas por las necesidades económicas, que habían aparecido en Europa a principios del siglo XIII en número considerable; los "pueri" transformaban su vagar forzoso en misiones de protesta religiosa, lo cual era una polémica a la que se llegaba con asiduidad, cual lugar común, en la época, dada la inclinación de la Iglesia al lujo ostentado sin un ápice de disimulo. Fue años mas tarde, como decimos, que los cronistas tradujeron "pueri" como "niños".
Pero si la historia ha caído por su propio peso, el mito de los niños en su pureza y humildad (la fe, la cruzada) sigue vivo, como también la otra vertiente, la de su expulsión de tal paraíso con el destino al que en su peregrinación se vieron abocados.
 En 1896, bajo el título de La cruzada de los niños, Marcel Schwob publica una bella narración.

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