3 de septiembre de 2014

Federico II Hohenstaufen

Federico sólo tenía tres años cuando Inocencio III subió al trono pontificio, en 1198. Enrique VI, casado con Constanza, heredera de los reyes normandos, había muerto en 1197. Con la conquista de Sicilia por parte de Enrique VI le quedaba a Constanza una situación política turbulenta, y necesitaba la ayuda papal, cuando el niño pasaba a ser nuevo rey. Lo puso entonces bajo la tutela de Inocencio III, asegurándose su reconocimiento de los derechos del hijo sobre Sicilia aceptando explícitamente la superioridad del pontífice. Así sucedía también en Inglaterra, donde "el rey Juan, tras resistencia encarnizada, se vio obligado a someter su reino a Inocencio y a recibirlo nuevamente como un feudo papal" (Russell, Bertrand, Historia social de la filosofía. II. La filosofía católica, p.164). Y es que Inocencio III se nombraba a sí mismo "rey de los reyes, señor de los señores, sacerdote para siempre, según la orden de Melquisedec" (Melquisedec fue el gran sacerdote-rey de que habla la Biblia).
Cuando Federico II alcanzaba la mayoría de edad Inocencio III se enfrentó al emperador alemán Otón y, entonces, los alemanes lo destituyeron; a instancias del Papa eligieron, para sucederle, a Federico II. Con todo ello Inocencio III exigía a Federico II una enorme cantidad de promesas, que Federico concedió, pero pensando en deshacerse rápidamente de ellas, como comenta Bertrand Russell. Corría el año 1212 cuando Federico II se trasladó a Alemania: "Inocencio no vivió lo suficiente como para ver que él mismo había creado un formidable antagonista del Papado" (Russell, B., Op. cit., p.165).
Del medio en que se ha formado, en su infancia y juventud, Federico II dice Jacques Le Goff: "Se funda el reino normando de las dos Sicilias, una de las crea ciones políticas más originales de la Edad Media. El viajero musulmán Ibn Jobair, en la segunda mitad del siglo XII, queda asombrado por la corte de Pa lermo donde se codean normandos y sicilianos, bizantinos y musulmanes. Las tres lenguas oficiales de la cancillería real son el latín, el griego y el árabe. El reino normando será para la cristiandad un modelo político —donde se pone de manifiesto una monarquía feudal pero moderna— y cultural: centro de traducción del griego y del árabe, lugar de fusión artística del que dan aún testimonio las magníficas iglesias de Cefalú, de Palermo y de Monreale que combinan, en síntesis originales, las soluciones romanogóticas cristianas con las tradiciones bizantinas y musulmanas" (Le Goff, Jacques, La civilización del Occidente medieval, p.60). Federico hablaba correctamente seis idiomas; conocedor de la filosofía árabe mantenía relaciones amistosas con los musulmanes, cosa que escandalizaba a los cristianos piadosos: "Era un Hohenstaufen y en Alemania podía pasar como alemán, pero por cultura y sentimientos era italiano, con una capa bizantina y arábiga" (Russell. B, Ibid.). Aparte el intento de conquista de Sicilia por Otón, que desencadenó la lucha con el Papa, en Palermo -donde Federico II pasó su infancia-, "había revueltas musulmanas; pisanos y genoveses luchaban entre ellos y contra todo el mundo por la posesión de la isla; las personas importantes de Sicilia cambiaban constantemente de bando, según cual fuera el partido que pagase mejor la traición" (Russell, B, Ibid.).
Muertos Inocencio III en 1216 y Otón en 1218 el nuevo Papa, Honorio III, pronto se encontró en dificultades con Federico II. Éste se negó a participar en las cruzadas, y no tenía buen trato con las ciudades lombardas. Estas ciudades firmaron en 1226 una alianza ofensiva y defensiva prevista para veinticinco años. El siguiente Papa, Gregorio IX, excomulgaría a Federico II por su negativa a organizar la cruzada: en 1228, estando excomulgado, la organizó, lo que enojó a Gregorio, aún más que su negativa anterior, pues no sólo estaba excomulgado sino que la estrategia que siguió fue diplomática, tratando amistosamente con los musulmanes, pues Federico estaba casado con la hija y heredera del rey de Jerusalén, y se llamaba a sí mismo rey de Jerusalén: "Llegado a Palestina, Federico se hizo amigo de los musulmanes, les explicó que los cristianos atribuían una gran importancia a Jerusalén a pesar de su escaso valor estratégico y les convenció para que cediesen la ciudad sin lucha. El Papa se enfureció aún más: había que luchar contra los infieles, no negociar" (Russell, B., Op.cit., p.166). De hecho, Federico II había triunfado y Gregorio IX y él hicieron las paces, que durarían hasta 1237, cuando Federico entró nuevamente en conflicto con la Liga Lombarda, con lo que vuelve a ser excomulgado. La lucha entre los dos bandos fue cada vez más cruel, violenta y traidora hasta la muerte de Federico, en 1250, cuando el resultado aún no estaba decidido. La muerte del emperador acabaría dando la ventaja al lado papal. La lucha entre papas y emperadores había alcanzado su paroxismo con Federico II: "Finalmente el papado parece haber salido definitivamente victo rioso. Federico II muere en el 1250 y deja el Imperio sumido en la anarquía del Gran Interregno (1250-1273). Pero al encarnizarse contra un ídolo con los pies de barro, contra un poder anacrónico como es el del emperador, el Papa ha olvidado «e incluso ha favorecido» la aparición de un poder nuevo, el de los reyes. El conflicto entre el más poderoso de ellos, el rey de Francia Felipe el Hermoso, y el Papa Bonifacio VIII termina con la humillación del pontífice, que incluso es abofeteado en Anagni (1303), y con el destierro, o mejor con la «cautividad» del papado en Aviñón (1305-1376)" (Le Goff, J., Op.cit, p.183-184).
Con la muerte, en 1241, de Gregorio IX, es elegido Inocencio IV, feroz enemigo de Federico II: destituyó al emperador, organizó una cruzada contra él y excomulgó a todos sus partidarios. Las conspiraciones que surgían contra su persona eran cada vez más cruelmente castigadas por el emperador. En el transcurso de esta lucha titánica fue cuando Federico II concibió fundar una nueva religión: "La idea del imperio universal reviste una última forma, deslumbradora, bajo Federico II, que corona sus pretensiones jurídicas a la supremacía mundial con una visión escatológica. Mientras que sus adversarios hacen de él el Anticristo o el precursor del Anticristo, él se presenta como el Emperador del Fin del Mundo, el salvador que llevará al mundo a la edad de oro, el "immutator mirabilis", nue vo Adán, nuevo Augusto y, muy pronto, casi otro Cristo. En 1239 ensalza a su villa natal de Iesi, en las Marcas, como a su propio Belén" (Le Goff, J., Op.cit., p.242). Sobre este orden de propaganda considera Jacques Le Goff: "Sin embargo, la pareja esencial es la que forman el Anticristo y su enemigo, el rex justus, el «rey justo». Inte reses, pasiones y propaganda se apoderan de los personajes ilustres de la es cena medieval y, según las necesidades de tal o cual causa, sus partidarios los identifican con el rey justo o con el Anticristo. Las propagandas nacionales de Alemania hacen de Federico Barbarroja y de Federico II el buen Empera dor del Fin del Mundo, mientras que, apoyándose en un texto de Adson, los propagandistas del rey de Francia profetizan la unión de la cristiandad bajo un rey francés, propaganda de la que sale beneficiado de manera especial Luis VII en tiempos de la segunda cruzada. Por el contrario, los güelfos, par tidarios del Papa, hacen de Federico II el Anticristo, mientras que Bonifacio VIII es para sus adversarios laicos un Anticristo sobre el trono de san Pedro. Conocido es el éxito de que gozó en los siglos XV y XVI ese instrumento pu blicitario conocido como el Anticristo. El Anticristo serán Savonarola para sus enemigos y el Papa romano para los seguidores de la Reforma" (Op.cit, p.166).
Y Bertrand Russell expone a modo de conclusión sobre el proyecto político de Federico II (Op.cit., p.168): "A pesar de su gran capacidad, Federico no podía triunfar porque las fuerzas antipapales de la época eran piadosas y democráticas y él se proponía algo parecido a la restauración del Imperio romano pagano. Era un hombre ilustrado, pero retrógrado en política. Su corte era de tipo oriental, tenía un harén guardado por eunucos, pero fue en esta corte donde comenzó la poesía italiana y él mismo era un poeta meritorio. En su conflicto con el Papado, publicó escritos polémicos sobre los peligros del absolutismo eclesiástico, que el siglo XVI habría aplaudido pero que en aquella época caían en el vacío."




Bibliografía

Le Goff, Jacques y Truong, Nicolas.- Una historia del cuerpo en la Edad Media. Ed. Paidós. 2005.
Russell, Bertrand.- Historia social de la filosofía. II. La filosofía católica. Col. El cangur Assaig (en catalán). Ed. 62. 1995.

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